La mañana en Kadıköy no empieza con titulares de prensa, sino con una polifonía de sonidos: el claxon grave del ferry que parte hacia Beşiktaş se funde con el tintineo de la cucharita metálica contra el vaso. El vapor asciende por los callejones estrechos y se mezcla con el aire salado del mar. En la puerta de una ferretería, un hombre mayor intercepta la bandeja del çaycı —el repartidor de té— y, sin mediar palabra, deja un vaso humeante sobre el capó de un taxi parado y se queda el otro. No hay dinero que cambie de manos, no hay palabras. Ese gesto es más antiguo que la propia República.
En Turquía el té no se sirve por el sabor ni siquiera por la cafeína. Se sirve para crear un espacio de conversación donde hace un segundo solo había vacío. El té es aquí una forma de energía social, una especie de electricidad que circula por las venas de la ciudad. No calma tanto la sed como establece un vínculo invisible entre las personas y convierte una muchedumbre caótica en comunidad.
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